En defensa del fracaso

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December 20, 2019 by Carlos Jovel

Viajar y conectar con las diferentes culturas, costumbres, formas de ver la vida que el mundo ofrece es una especie de lente mágico que nos permite constatar -en tiempo real- que uno puede vivir una vida feliz de diferentes formas, y que éstas formas, vienen influenciadas por lo que de niños nos enseñaron -a través de nuestra cultura y socialización- como debía ser una vida bien vivida. Si viajamos entonces, y exploramos el mundo con curiosidad genuina, se nos abre la oportunidad de optimizar nuestra felicidad y forma de vivir la vida, aprendiendo de la realidad de otros en otras partes del mundo. Esto, supone costos importantes asociados a romper con paradigmas arraigados desde la niñez y a desafiar -algunas- normas establecidas en las comunidades que vivimos, estos costos -pienso- son superados en órdenes de magnitud por los beneficios de un entendimiento más amplio, humano y más propio de lo que significa una vida bien vivida, y los chances de alcanzarla.

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Una de las características culturales que me parecen curiosas en nuestra región del mundo es nuestra relación con el fracaso. El terror que tenemos por fracasar, la poca curiosidad que nos genera, el escaso respeto por el fracaso en general y por quienes fracasan en particular; el juicio binario, de trato permanente y personificado con que tratamos los resultados de eventos complejos en nuestras vidas. Es como si todos nos pusiéramos de acuerdo con tomar apuestas seguras, y convencidos de la radioactividad del fracaso y de quién fracasa.

En términos concretos, imagino que la ecuación de cómo vivir una vida feliz en nuestra región del mundo, fue disectada regresando los datos de los resultados de la vida de nuestros antepasados: saca buenas notas en el colegio, elige una carrera que te prepare para el empleo, toma el control del negocio de la familia (o elige una empresa segura y estable), cásate con una persona conocida, tengan hijos, etc. ¿Y si no se sigue esta fórmula? El fracaso. La lógica bayesiana de las asociaciones entre eventos pasados y resultados futuros que asume este modelo no necesariamente funciona en el mundo actual. En términos brutos: es vivir la vida que otros quieren para nosotros. ¿Qué si fuera una gran estafa, transmitida de generación en generación?

Una alternativa a esto es un abordaje más irreverente e impune, uno en el que se construye la vida bajo la lógica de prueba y error, en dónde, uno encuentra su lugar en la vida y en el mundo, tratando y equivocándose mucho. Es una especie de buscar alguna cuota de éxito, vacunándose contra el fracaso fracasando, mucho y en todos los tamaños. Es un ejercicio de eliminación simple, es un proceso iterativo de vivir -un solver de la vida real- en el que uno va descubriendo y recalibrando el modelo on the fly, asumiendo las consecuencias en cada etapa. Es un modelo más simple, más riesgoso, posiblemente más lleno de adrenalina y de descubrimiento, en donde se fracasa (ojalá en pequeño), a cambio de una diminuta probabilidad de triunfar en grande, en múltiples dimensiones. Es el modelo bajo el que se descubrió América, la radioactividad (a cambio de la vida) y se logró la paz y algunas libertades civiles en El Salvador.

Sirva esta nota como una señal de respeto y admiración para los que fracasan, y un mensaje de agradecimiento para el entrenador que no puso a jugar la final a aquel niño de 12 años, para los dientes fracturados en combate, los carros accidentados de madrugada, el amor que no fue correspondido, las calificaciones de la universidad, las opiniones equivocadas, las apuestas perdidas, la noche en bartolina, las milésimas que faltaron para lograr honores, los ascensos en que eligieron a un mejor candidato, los inversionistas que decidieron pasar, para el miedo y la incertidumbre misma y para todos y cada uno de esos fracasos, que sirvieron y sirven como una poderosa patada en el culo que nos empuja para adelante cada mañana a luchar un día más, y vivir la vida para descansar cuando estemos muertos.  A fracasar se ha dicho.

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Carlos Jovel

Carlos Jovel

Salvadoreño por nacimiento. Esposo, padre de tres. Disfruto el café, la cerveza, la comida y contarle las maravillosas historias de Cachanflín, Cuchuflina y Horchatilla a mis hijos. Rebelde empedernido con rasgos de nerd. Adicto a la libertad y responsable de sus consecuencias. Alguna vez hice deporte; le voy al Alianza y a través de un hijo adopté a Colo Colo; todavía guardo amarguras -y esperanza- con mi selección de fútbol. Inmigrante que sueña con un El Salvador libre y sin pobres. Aprendiz de economía y negocios (ESEN), dirección de empresas (Georgetown University), políticas públicas (University of Chicago), Emprendedurismo, Innovación y Tecnología (Stanford University).

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