Paternidad irreplicable

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June 18, 2016 by Carlos Jovel Munguia

No tengo un claro recuerdo de la primera vez que le conocí, siempre estuvo allí, incluso las veces que no estuvo. Quizás es por ello que la costumbre, la ingratitud o ese terror a las despedidas vuelven difícil tomar un teléfono con la frecuencia que el cuarto mandamiento exige. Una manera más feliz de verlo es que le llevo en el cuerpo, en la conciencia, en el andar, en el tono de la voz, en la decodificación de las emociones, en los genes. Es normal.

Le llevo conmigo cada mañana camino al colegio, cuando luego de rezar me pedía las tablas de multiplicar, calcular divisiones en el aire o describir los órganos y el funcionamiento del sistema digestivo del cuerpo humano. Llevo conmigo también las veces que le veía detrás del aro en algún partido de mini baloncesto, gritando por mí, a plenas cuatro de la tarde, seguramente la hora en que algún paciente le esperaba en su consultorio. Llevo en mí el sauna del deportivo, y la información asociada al sudor y la liberación de toxinas; también llevo aquel momento en que sacábamos el microscopio del cajón de madera, para observar y hablar de microbios, células, bacterias y lo que hacía a éstas diferente de los virus. Llevo conmigo cuando aprendí a andar en bicicleta (una crecedora), visiblemente más grande de la que un niño de mi edad pudiese manejar.

Le llevo en el estudio de casa, cuando conectábamos el CB Radio para hablar con desconocidos, bajo el seudónimo de “barba roja”, o conectando su Sony de banda ancha donde escuchábamos la radio de otras partes del mundo, para luego comentar sobre la vida en estos lugares. Le llevo en las tardes de los martes cuando me tocaba ir a su consultorio a hacer las tareas, donde el orgullo y el asombro me idiotizaban al ver el juramento hipocrático y los muchos diplomas que llenan las paredes.

160618-Juramento Hipocrático 3Llevo los domingos del fútbol, del Alianza y la selección en el palco del abuelo. Lo llevo cantando el “Himno del 26 de julio” de la revolución cubana, o el “Himno a la Unidad Sandinista” (himnos que al día de hoy recito de memoria), para luego escuchar como ambas revoluciones habían engañado a su pueblo. Llevo en mí nuestros viajes padre-hijo, como el que hicimos a Nicaragua cuando apenas tenía siete años, o a los nueve, cuando nos atrapó una tormenta eléctrica en una isla en Florida y le pedía a Dios que si caía un rayo, me cayese a mí pues no imaginaba mi vida sin él.

Le llevo en la librera que había en casa, en la enciclopedia universal, del reino animal, de los grandes pensadores, de los clásicos del arte, la música y la  literatura, en ese maravilloso internet de pasta y papel que construyó y que me permitió explorar cuando niño lo asombrosa que es la humanidad y el mundo en que vivimos. En el cuerpo llevo los nacimientos de bebés desconocidos de los que fui testigo a los 12 o 13 años, para los cuales me vestía como médico y le alimentaba la ilusión que algún día seguiría sus pasos (con la fortuna que años después mi hermano menor me liberó de ese tremendo cargo de conciencia). Llevo conmigo la noche en qué –quizás para pasar más tiempo en su presencia- le pregunté “cómo estaba eso de los guerrilleros”. Llevo como verdad absoluta que en medicina dos más dos no es cuatro, y que la vocación no se negocia ni con tu padre. Puedo contar de memoria la historia del “gavilán pollero” y el hacha scout, y con ella, llevo en el chip el sentido del deber de proteger a mis propios hijos. También llevo la costura que me hizo sobre el ojo (creo que sin anestesia), allí donde termina la ceja luego de una de las veces en que estrellé mi auto; o en otra, en que me rescató instantes después de chocar mi Jeep en el puente de Santa Elena (insisto, producto de la narcolepsia). Llevo los –múltiples- períodos de mi vida en que me tocó vivir con él y comer lo que había en la despensa (que era poco y usualmente en latas).

Llevo en los genes la habilidad de hacer preguntas (buenas preguntas), y cuento a mis hijos que para la vida,  éstas son infinitamente más importantes que las respuestas. Llevo un poco –y solo un poco- de gozador de la vida, de la parranda, de la buena poesía y de la música de un buen mariachi. Pero también llevo conmigo algunos años jodidos, esos que la vida te pone para que ojalá desarrolles la fortaleza, la independencia, el sentido de realidad y más importante aún, la comodidad con el hecho que los héroes también son humanos. No pasa nada.

Llevo para mí –con un poco de esfuerzo y desde un hombre de las ciencias- que cuando abandonas la fe por la evidencia empírica o el método científico abandonas la certeza –es parte del negocio- y que la certeza de lo sobrenatural –irónicamente- es difícil de refutar desde la evidencia empírica o el método científico, y además, que la vida es bastante menos feliz sin fe (y la vida se trata de ser feliz).

Llevo –si acaso-, solo una fracción de su noble corazón, de su bondad, de su humildad y de su sentido de resiliencia. Pero no me resigno. La vida es buena conmigo. Aún puedo abusar –utilitariamente, cada vez que lo he necesitado- de la fortuna de tomar un teléfono o un avión, de escucharme y  escucharle, recibir un consejo, un abrazo, una bendición y la confianza necesaria para volver a esa feliz aventura que es la vida, con más fuerzas.

Te quiero papá. Gracias por tanto.

4 thoughts on “Paternidad irreplicable

  1. Jose Carlos Muñoz says:

    Muy bonito comentario Carlitos. Se lo merece.

  2. Martha Lorena Taboada Arana says:

    Qué mensaje más lindo, profundo y justo para tu papi. La vida nos devuelve lo que damos. Un abrazo.

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Carlos Jovel Munguia

Carlos Jovel Munguia

Salvadoreño por nacimiento. Esposo, padre de tres (una en camino). Disfruto el café, la cerveza, la comida y contarle las maravillosas historias de Cachanflín, Cuchuflina y Horchatilla a mis hijos. Rebelde empedernido que esconde sus rasgos de nerd. Adicto a la libertad y responsable de sus consecuencias. Alguna vez hice deporte; le voy al Alianza y a través de un hijo adopté a Colo Colo; todavía guardo amarguras -y esperanza- con mi selección de fútbol. Inmigrante que sueña con un El Salvador libre y sin pobres. Aprendiz de economía y negocios (ESEN), dirección de empresas (Georgetown University), políticas públicas (University of Chicago) y tecnología.

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