¡Hasta pronto (y muchas gracias) Mons. Urioste!

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January 15, 2016 by Carlos Jovel Munguia

Hasta hace poco, nunca supe que era un hombre importante en la Iglesia, que había estado muy cerca del Beato Mons. Romero en su paso por el Arzobispado y que había llevado la causa de beatificación de este ante Roma.
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Le conocí una tarde cualquiera, en la que fue toda mi vida, la parroquia de mi familia: la Iglesia Cristo Redentor, en la colonia Escalón de San Salvador. Recuerdo que una época ejercía una especie de rol de párroco interino, ya sea en sustitución o en acompañamiento del Padre Raúl Angulo, nuestro titular. Llegué a la casa parroquial a regañadientes, atendiendo un pedido de mi mamá y  gracias a la  buena voluntad de un amigo de darme un aventón. Una vez más estaba sin auto, debido a un accidente de tránsito de hacía unos meses, en el que destrocé el Jeep Wrangler negro que apalancaba mi juventud. Para ese entonces, tenía probablemente 20 años.

Parroquia Redentor

San Salvador, miŽrcoles 13 de Enero de 2009 Monse–or Ricardo Urioste le realizan una cena, La Parroquia Cristo Redentor por el retiro, donde asistieron multiples invitados a uno de los hoteles capitalinos. Foto EDH: Lissette Monterrosa

Mi mamá, que oculta la inocencia de su corazón dulce y su alma buena con la determinación, la fuerza y la consistencia del sol, para ese entonces ya tenía unos años de hacer las veces de madre soltera, rol que ejerció durante un capítulo corto de mi vida. Hasta el día de hoy, se toma en serio la misión de su vida de aumentar las chances de que yo entre eventualmente al Cielo. Y yo, desde niño, me había ganado una reputación de rebelde que a medida me volvía adulto solía complicarme la vida y la de quienes me querían. La ecuación parecía dar como resultado un conjunto vacío.

Monseñor Urioste, me esperaba en el pequeño escritorio de la casa parroquial con una sonrisa, un fuerte apretón de manos y una silla que chillaba al reclinarme de sorpresa al escuchar las noticias. De manera cariñosa me explicó que a mi buena madre, se le habían agotado los medios humanos para enderezarme, y que a través de la oración y del consejo del mismo Urioste, había discernido que lo más conveniente era que me fuera de casa, en otras palabras, me entregaba a Dios y al mundo. Me lo comunicaba a través del Padre Urioste con la esperanza de que decidiera enfrentar al segundo tomado de la mano del primero.

La conversación fue larga y recuerdo que hubo lágrimas, algo de arrepentimiento y una dosis gigante de consejos, misericordia y caridad de parte de Monseñor. Cerró con la oferta de escuchar con regularidad mis aflicciones humanas. Sospecho que rezó mucho porque la aceptara, porque para mí sorpresa, volví alguna que otra vez a conversar con él, pero solo hasta donde me alcanzó el libre albedrío: hubiese querido volver más.

El camino que inició esa noche con mis maletas hechas frente a la puerta de casa hace casi dos décadas sin ninguna idea adonde ir, jamás hubiese sido el mismo sin saber, con claridad cristalina y a través de Monseñor Urioste que Dios me ama y que eso no depende de mí, que siempre, siempre, da otra oportunidad al que las caga y que los cristianos estamos obligados a ser felices. Pasaron algunos años para que la digestión del mensaje incidiera en que el volumen y la dimensión de mis cagadas tomasen una pendiente decreciente, pero yo no pretendo contar las anécdotas de mi juventud aquí, sino solo compartir una historia de como el sentido del deber de un hombre de fe puede incidir en la dirección de nuestras vidas.

Nunca conté esta historia a nadie, ni conversé del tema con nadie, excepto con Ana Marina, mi madre. Nunca volví a darle las gracias al Padre Urioste. Esta mañana, justo antes de iniciar una reunión y a miles de kilómetros de casa me enteré por el periódico que Monseñor Urioste murió a los 90 años, no pude contener las lágrimas. No tuve la oportunidad de contarle que me casé con una gran mujer, que tengo dos hijos y una tercera en camino, que soy feliz a pesar de los problemas cotidianos, que rezo en las noches, que soy el mismo y que de vez en cuando las sigo cagando –creo que a una menor escala-, y que a través de su mensaje entendí lo que ahora nos recuerda el lema que hizo suyo el Papa Francisco en este año Santo de la Misericordia: miserando atque eligendo.

Sirva esta nota como agradecimiento a Monseñor Ricardo Urioste y a todos los sacerdotes que con su fidelidad y sin esperar nada a cambio, nos anuncian la alegría de la misericordia y el amor de  un Padre que siempre nos espera con los brazos abiertos. Descanse en paz.

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Carlos Jovel Munguia

Carlos Jovel Munguia

Salvadoreño por nacimiento. Esposo, padre de tres (una en camino). Disfruto el café, la cerveza, la comida y contarle las maravillosas historias de Cachanflín, Cuchuflina y Horchatilla a mis hijos. Rebelde empedernido que esconde sus rasgos de nerd. Adicto a la libertad y responsable de sus consecuencias. Alguna vez hice deporte; le voy al Alianza y a través de un hijo adopté a Colo Colo; todavía guardo amarguras -y esperanza- con mi selección de fútbol. Inmigrante que sueña con un El Salvador libre y sin pobres. Aprendiz de economía y negocios (ESEN), dirección de empresas (Georgetown University), políticas públicas (University of Chicago) y tecnología.

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