Escribo esta nota desde el aire, literalmente. Voy en un vuelo rumbo a Guayaquil, en donde conectaré para llegar finalmente a nuestro destino. El viaje es especial, por ser ya una tradición: cada mitad de año, mi hijo y yo, viajamos juntos a El Salvador en un intento por asegurar su sentido de identidad (y el mío) con el país que amamos y al que aun llamamos casa. Ahora tiene cinco años, y durante semanas ha estado esperando este día con gran ilusión, hace no más de un minuto me dijo literalmente: “Papi, yo todavía extraño El Salvador.”

Waldemar, el niño que accidentalmente se cortó los intestinos con la pulidora de su padre, y mi hijo, tienen esencialmente la misma edad. El ejercicio de ponerse en los zapatos de sus padres es inevitable y especialmente doloroso, un día después que el ministerio de salud declarara que Walde tiene muerte cerebral.
¿Pudo evitarse esta tragedia? No sabemos. Es difícil e injusto juzgar las condiciones en que la pulidora llegó a manos de Waldemar; hay pocos aprendizajes, lejos de lo obvio en este ejercicio. ¿Pudo hacerse más por salvar su vida luego de la tragedia? Con seguridad. Todos los que seguimos el caso a través de la información que entregaba el ministerio de salud a los medios y a través de iniciativas privadas durante estos casi 6 meses en que veíamos como la salud de Walde se deterioraba, quedamos con una sensación de impotencia enorme.
¿Por qué nos dijeron que Waldemar no necesitaba el trasplante de intestinos? ¿Cómo y cuándo descubrieron que sí lo necesitaba? ¿Por qué no respondieron la misiva del padre de Waldemar en la que pedía ayuda para llevarlo a México? ¿Por qué demoraron tanto (hasta que el niño cayera en crisis) en buscar una solución con la cooperación internacional? ¿Qué tanto pesó la agenda política y la soberbia de una ministra de salud en las decisiones de este caso en particular? ¿Habría sobrevivido Waldemar si hubiese sido atendido en un hospital de primer mundo? ¿El desenlace del caso hubiese sido el mismo si los padres de Waldemar hubiesen tenido riqueza material? ¿Cómo habría reaccionado Monseñor Romero ante las actuaciones del gobierno en este caso? Nunca sabremos las respuestas a estas y otras preguntas. Lo que sí sabemos es que, a juzgar por las decisiones que llevaron al desenlace final, a Waldemar lo mató la pobreza, la burocracia, la soberbia e incapacidad de un gobierno, y probablemente la desidia social. Pudimos hacer más, nos hemos acostumbrado a tolerar la mediocridad, y a olvidar que nosotros, y nuestros hijos, merecemos y debemos exigir más.
En un país en donde los recursos alcanzan para los autos de lujo en que se conduce el presidente, para subsidiar grupos de interés a través de impuestos como el FONAT o para pagar millonarias campañas de propaganda gubernamental, lo mínimo que podíamos hacer es asegurar que Waldemar muriera por cualquier causa, menos la de ser pobre. Hay muchos Waldemares esperando nuestra indignación, pero más importante, servicios de salud que los salven de la muerte. Honremos la memoria de este, exigiendo explicaciones al gobierno y abriendo el debate de una reforma integral de salud sin prejuicios: en virtud de los resultados, es razonable pensar que lo que defendieron las marchas blancas hace más de una década, no resultó ser los buenos servicios de salud para los salvadoreños.
Nota: mi solidaridad con los padres de Waldemar en su dolor; también con mis amigos GS, GB y otros más, que desde la iniciativa privada movieron recursos para acompañar a los padres de Walde en este doloroso proceso.

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