Los salvadoreños estamos ante una nueva elección presidencial. Volviendo a finales del Siglo XVIII y principios del Siglo XIX, podemos entender las ideas fundacionales que inspiran las alternativas que se nos presentan.

En el sur, Simón Bolívar, el gran libertador sudamericano, además de un gozador de la vida con dotes de poeta, fue un gran general de guerra. En 1825, habiendo liberado Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, funda Bolivia y le redacta una Constitución, con la intención de que sirva como modelo para toda América. En esta, inspirado por la constitución de Haití, Bolívar propone un presidente vitalicio a quien también faculta a elegir a su sucesor: “El presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución, como el sol que, firme en su centro, da vida al Universo”. Bolívar era un centralista, creía en un estado fuerte, y si bien reconocía que “el sistema federal bien que sea el más perfecto y capaz de proporcionar la felicidad humana en sociedad”, percibía que era “el más opuesto a los intereses de nuestros nacientes Estados”. En su mismo Manifiesto de Cartagena (1812), atribuye el fracaso de la Primera República, el haber seguido “las máximas exageradas de los derechos del hombre, que autorizándolo para que se rija por sí mismo rompe los pactos sociales, y constituye a las naciones en anarquía”. En definitiva, el libertador, dudaba de la libertad cuando se trataba de reconocérsela al individuo.

Cerca del siglo XVIII, en el norte, los esfuerzos de otro General -George Washington- con reputación de hombre íntegro, pero menos contundente que Bolívar en el campo de Batalla, y más bien prudente en el uso del poder, y de grandes hombres como Thomas Jefferson, John Adams, James Madison, Benjamin Franklin y otros, quienes inspirados en las ideas de John Locke y Adam Smith, dan vida a lo que hoy conocemos como los Estados Unidos de América. Agobiados por el intervencionismo del Rey Jorge III de Inglaterra en su libertad del día a día, su declaración de independencia es una acusación legal, un esencialmente “no me das alternativas”, en la que declaran que todos los seres humanos fueron creados iguales, que poseen derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad: y que los hombres, instituyen gobiernos para proteger estos derechos.
En claro contraste con Bolívar, la principal preocupación de los padres fundadores americanos, era la libertad de cada persona para buscar su felicidad y no los intereses del Estado: de hecho, James Madison, pensaba que la esencia del gobierno es el poder, y dado que tiene que estar en manos de hombres, siempre es susceptible a uso indebido; por tanto, el poder debía ser limitado. Es así, que surgen “los pesos y contrapesos” de la democracia más grande del mundo. Por la misma razón, John Adams abogaba por un imperio de leyes, no de hombres, a esto, llamamos Estado de Derecho. Mientras Bolívar buscaba un presidente vitalicio (presumiblemente él mismo), George Washington en su “farewell address” declina optar a un tercer mandato, ganándose el reconocimiento del Rey Jorge III de Inglaterra, quién al conocer la noticia, declaró que “de hacerlo, será el hombre más grande en la tierra”.
Estas diferencias fundacionales, marcan la creencia sobre el deber ser del Estado en Estados Unidos y Venezuela, y sin duda, han sido fundamentales en el desempeño económico y el nivel de paz social de cada país.
En mis años en Washington DC, nada me enorgullecía más que decir que era salvadoreño. Allá, con la dignidad que otorga el trabajo y la sonrisa que nos caracteriza, los salvadoreños nos rebuscamos para prosperar. Nadie migró a EEUU buscando dádivas del Estado: nos fuimos buscando resolver, con trabajo, por nosotros mismos, los problemas que dejamos en casa. En contraste, la emigración a Venezuela (o Cuba), es virtualmente nula.
Las remesas familiares representan el ~16% del producto interno bruto de El Salvador, 31 veces la inversión extranjera directa: quienes vivimos fuera, literalmente dinamizamos al país. Solo quien lo vive, sabe los sacrificios asociados con cada transferencia. También sabemos que buscar la felicidad es más fácil en un lugar donde impera la ley y donde cada uno se vuelve arquitecto de su propio destino, sin el agobio estatal. La próxima elección nos permite elegir entre la alternativa del FMLN cuyo candidato ve en la convulsionada Venezuela de Bolívar “el faro de luz que allá en los años 60s fue la revolución Cubana” y “la luz revolucionaria y socialista que ilumina América Latina, Caribe y el mundo”, y la alternativa de ARENA, que aunque no guste, nos da la singular oportunidad de presionar a los políticos pro-sistema, a renovarse, abolir de una vez el capitalismo de compadres y apostar por una verdadera democracia liberal: similar a la que vivimos como inmigrantes.
Los migrantes, al votar con nuestros pies, elegimos hacerlo hacia países con sociedades abiertas, horizontales, flexibles, en la que impera el estado de derecho y en donde cada uno –y no el político de turno- define su destino. El 9 de marzo, los que vivimos fuera, a través de los votos de nuestros familiares podemos elegir apostarle a la oportunidad de construir en casa una sociedad fundamentada en los valores de la sociedad que nos recibe. Hagámoslo, puede ser el último chance.

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