Mauricio Funes, el periodista, llegó a casa presidencial en 2009 como candidato de la extinta guerrilla FMLN, tras una reñida elección presidencial en la que derrotó al candidato de ARENA, partido que en aquel entonces tenía 20 años en el poder por la vía de elecciones libres.
Desde una perspectiva racional, su victoria no dejaba de sorprender. El periodista Funes, no tenía más que modestas credenciales académicas: ni siquiera terminó sus estudios de Licenciatura en Letras. Tampoco una amplia y tolerante visión de mundo: vivió siempre en El Salvador de la guerra fría y no habla ningún idioma adicional a su lengua materna. A Funes no le validaba alguna experiencia liderando grandes o complejos equipos, ni éxito empresarial que diera indicios de su capacidad para entender el proceso de creación de riqueza y empleo. No tenía reputación de ser un hombre ordenado en sus finanzas: más bien los múltiples llamados públicos que hacían agencias de cobranzas solicitándole que honrara sus deudas daban cuenta de todo lo contrario. El candidato Funes no era tampoco conocido por sus fuertes convicciones valóricas, ni por la estabilidad emocional necesaria para liderar una nación (al menos no sin ser distraído por el desafío asociado con sus dos ex esposas, su esposa de turno y sus respectivos hijos de cada matrimonio).
¿Qué hizo posible entonces que éste hombre más bien ordinario se convirtiera en Presidente de El Salvador? Esperanza. Funes ofrecía esa dignidad que tanto nos cautiva a los salvadoreños. A través de sus años como periodista televisivo, mañana a mañana, hacía posible acorralar y discutir de manera simétrica con los poderosos de siempre. Durante la hora que duraba su programa, anulaba las visibles distancias jerárquicas en credenciales académicas, superación económica y poder político entre él y sus entrevistados, y nos daba a través de la pantalla, un poco de la igualdad ante la ley que aseguran las verdaderas democracias liberales. El Salvador se volvía horizontal y predecible, al menos en la “Entrevista Al Día”. Además de esto, Funes aparentaba vestir la valentía que se alimenta de las convicciones: cuando ésta dinámica le trajo consecuencias, las enfrentó asumiendo –él y su familia- los costos económicos y emocionales sin doblegarse. Su reputación, su promesa de combatir la corrupción y su compromiso de poner como prioridad a los más necesitados, así como un pragmatismo táctico del FMLN, le valió la Presidencia de la República. Tenía todo para hacer historia.
En el ocaso de la presidencia Funes, hay suficiente evidencia numérica para hacer un balance sobre su gobierno. No es difícil demostrar con datos que su período fue el peor en democracia en términos de progreso económico y social. Mucho se podría escribir sobre como nunca tuvo un plan que definiera el rumbo, o acerca de su incapacidad para aglutinar talento que asegurase un equipo asociado con el mérito; sin embargo, su herencia más evidente es el daño que hizo a la institución de la Presidencia de la República.

El que en escasos días será de nuevo un ciudadano común y corriente, fue el presidente de la política del “les guste o no les guste”. El que materializó la idea de que el presidente puede repartir los negocios a sus compadres sin disimular, como lo hizo con Polistepeque, o las empresas de seguridad de MECAFE. El de Funes, fue el período en que el presidente se movía en interminables caravanas que literalmente atropellaban sin consecuencias a los ciudadanos de a pie, en algunos casos con resultados fatales. Funes fue el presidente cuya seguridad dio una paliza a un ex funcionario suyo, por el supuesto hecho de saludar a un vehículo de su caravana de manera burlesca. Funes fue el presidente que pisoteó a los héroes, el que utilizó deslealmente la figura del mártir Romero para obtener réditos políticos. Este fue el presidente que negoció con el crimen a espaldas de la gente y que escondió la situación real detrás de malabares, prebendas y contradicciones.
De este presidente que nos deja, se presume que se accidentó en un Ferrari de madrugada luego de volver de Panamá en misión no oficial (como si solo discutir esta posibilidad no fuese suficiente para poner en evidencia nuestra condición de república bananera); El presidente Mauricio Funes, será recordado por haber pasado por encima de la dignidad de su esposa, la Primera Dama, y haber puesto en agenda nacional a una ciudadana de sobrenombre Michy, a quién otorgó rango diplomático, una sala de masajes y una mansión, como demuestran las investigaciones del medio digital El Faro. Haga lo que haga, Funes será siempre el presidente que violó la ley electoral con interminable propaganda gubernamental el mismo día de las elecciones que ganó por tan solo seis mil votos, el candidato del partido que lo postuló. Funes, la caricatura, el que dinamitó puentes entre salvadoreños, el que se burló del color de piel de otro ex presidente, el que profería ofensas sábado a sábado a otros salvadoreños que no pensaban como él, el que viste camisetas en las que se adjudica logros que no existen, será para la historia, el presidente del bochorno, de la chabacanería, de la bajerada, el que nos dividió entre hermanos e institucionalizó la guerra de clases.

Los salvadoreños de todas las ideologías debemos hacer una reflexión profunda de lo que sucedió con la institución de la Presidencia de la República los últimos cinco años y demandar reparación con la ley en la mano. Solo así, tal vez reconocemos la brillante oportunidad de hacer a un lado un minuto las diferencias ideológicas y abrazar juntos los valores universales de decencia, honestidad, respeto al que piensa diferente y patriotismo. Al fin y al cabo, el presidente nos representa a todos. Si lo hacemos, tal vez el FMLN reconoce que dando el primer paso, siendo el partido que pone a disposición de la justicia las pruebas necesarias para procesar a un ex presidente, establecerá nuevos estándares de decencia en política que apalanquen finalmente el desarrollo. El FMLN no le debe nada a Funes. Fue éste, quién vaticinó que la cárcel no sería solo para los ladrones de gallinas: sus acciones y las leyes, nos permiten cobrarle sus palabras. Existen suficientes causas para procesar al presidente que nos robó la esperanza y nos condenó a la locura. Hagámoslo pronto.

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