Maternidad incompleta

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December 22, 2019 by Carlos Jovel

Con ella, no funcionan los sentimentalismos. Mi vida -con ella- me ha dejado poco margen para la palabrería amelcochada, prefiere bastante más los hechos. Como las cosas reales. Este es un intento de contar hechos que -encuentro- valen la pena ser contados:

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Sobre expectativas claras: Venimos -decía- a la tierra para alcanzar el cielo, y ella no iba a escatimar en esfuerzos para que sus hijos tengan la chance de lograrlo: un aruñón, un jalón de oreja o alguna palabra dura pero sincera, son pequeños costos que valen la pena pagar.

Sobre flexibilidad y toma de decisiones rápidas: las reglas son justas, firmes, claras. Pero se adaptan según la situación y la persona. Si eres el único de cuatro que ha nacido por cesárea y has hecho como norma encontrarle el ángulo débil a la legislación vigente, siempre se puede reformar la legislación en el acto, ignorando el precedente: todo sea por tu mejor interés.

Sobre nunca rendirse: me hice adolescente y luego hombre, viéndole luchar con los desafíos de la vida adulta a punta de oración y persistencia, luchaba sus propias batallas mientras ponía las nuestras como prioridad. No recuerdo haberla visto nunca derrotada, luchaba cada día con optimismo, incluso cuando -relativo a la vida que ella había soñado para sí- la realidad le daba una inmisericorde paliza.

Sobre priorizar lo importante: siempre estuvo disponible para nosotros, con buena cara, siempre tuvo claro que sus sentimientos no importaban, mientras se trataba de darle un poco de estabilidad y una salida a sus cuatro hijos, había que sobrevivir y ella era una wartime CEO en palabras de Ben Horowitz.

Sobre convicciones y análisis de trade-offs: quedó soltera a la que ahora es mi edad. Una mujer guapa, inteligente, educada y con cuatro hijos por formar tenía varias opciones.  Optó por un camino bastante solo y difícil; jamás la escuché lamentarse por no haber ejercido el derecho a rehacer su vida.

Sobre libertad: reinventó su vida vendiendo joyas, cuadros, ropa -lo que apareciera- con una dignidad y un orgullo admirable que le daba la tranquilidad de conciencia para nunca entretener una conversación que la dejase como víctima. No encontró nunca excusas para no salir adelante.

Sobre el orgullo: en aquella final de trámite en la que siendo solo un niño y a pesar de mi incuestionable rendimiento deportivo -alabáte pato, diría ella- no me pusieron a jugar, me explicó que debía parar de llorar, caminar con la frente en alto y asistir a la celebración como campeón, es lo que correspondía. Los ganadores no se lamentan.

Sobre derrota y revancha: la mañana siguiente de perder la final contra el Colegio San Francisco -para la que me había preparado por muchos años- escuchó en un matinal de radio a la barra del equipo contrario referirse a mí con burlas usando mi nombre y apellido. Lo más prudente era despertarme, pedirme que escuchara y que evaluara por mí mismo -en virtud de cómo había jugado- si algo de razón tenían. Me sugirió que rezara por lograr una chance de demostrar lo equivocados que estaban.

Sobre riesgos calculados: desde noveno grado, nunca más reporté mis calificaciones. Las firmaba yo mismo. Respetó el acuerdo aún y cuando sabía que faltaba a clases cuando se me venía en gana, y le parecía curioso que durante bachillerato no tuve nunca cuadernos ni libros. Jamás intervino, era mi responsabilidad.

Sobre paciencia de madre: con la consciencia aún impune, la recuerdo por aquellos años llorando en silencio, encerrada en su habitación, sin dirigirme la palabra por algún hecho que le había causado dolor o vergüenza. Siempre me reprendió con fuerza, siempre se puso del lado de la justicia cuando las apuestas eran realmente altas. Pero siempre dio la cara por mí en los momentos difíciles, nunca dudó de mí corazón y siempre me prestó su hombro y su prestigio de mujer buena para que yo encontrase al día siguiente una razón, una salida para luchar un día más. Fueron días muy solos, y nunca me dejó a mi suerte, a pesar de sus esfuerzos porque así pareciese.

Sobre la fe: la vida le envió pruebas muy duras, en donde ha estado en riesgo la vida de los que más ama, y su respuesta siempre ha sido la de una hija preferida, que sabe que su Padre tiene todo bajo control. Qué cosa más rara. Qué fe más poderosa.

Sobre agradecimientos parciales: he tenido la fortuna de disfrutarla y verla ser ella misma y feliz en los lugares donde la vida nos llevó. He podido conversar con ella en esta etapa sobre cosas triviales y fundamentales de la vida por igual. Sé que quiere a mí esposa con un amor muy fuerte, muy parecido al que se le tiene a una hija; la he descubierto hablando con cada uno de mis hijos, contando con alegría historias de mi niñez. A veces, cuando se distrae, puedo abrazarla con fuerza, darle un beso, decirle que la amo y lo orgulloso que me pone ser su hijo. Qué fortuna la que tengo de decir y escribir estas cosas, y qué raro se siente.

Este escrito cariñoso y alguna cosa bonita que se ha dicho está parcialmente bien, es razonable, necesario, humano. Es mi mamá. Pero también es conveniente reconocer que el partido se está jugando, que no hay espacio para sentimentalismos y que la tarea fundamental por la que se vino al mundo aún está muy lejos de ser cumplida. Y que las madres -supongo- se deben a las necesidades de los hijos, y este hijo tiene necesidades especiales. No hay margen para distraerse, ni descansar. En otras palabras, es cierto que a los 41 años -es tarde- no es razonable que existan estas demandas, es nahuilonada. Pero te necesitamos en tu mejor juego, Ana Marina, con la batería de rezos incluida, apretando los dientes por nosotros, opinando cuando el juego se vuelve muy tímido, las apuestas son altas y los desafíos que la vida nos obliga a conquistar están fuera de nuestras ligas. No hay tiempo de jugar a ser la abuelita simpática. Es hora que regrese el wartime CEO. Te necesitamos. Te amamos, Mamá.

One thought on “Maternidad incompleta

  1. karla says:

    Carlos, desde hace un tiempo me suscribí a leer tus blogs. Este me ganó! Si me imagino a tu mami haciendo todo eso que cuentas pero que alegría que reconozcas su esfuerzo. Un abrazo y te sigo leyendo….

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Carlos Jovel

Carlos Jovel

Salvadoreño por nacimiento. Esposo, padre de tres. Disfruto el café, la cerveza, la comida y contarle las maravillosas historias de Cachanflín, Cuchuflina y Horchatilla a mis hijos. Rebelde empedernido con rasgos de nerd. Adicto a la libertad y responsable de sus consecuencias. Alguna vez hice deporte; le voy al Alianza y a través de un hijo adopté a Colo Colo; todavía guardo amarguras -y esperanza- con mi selección de fútbol. Inmigrante que sueña con un El Salvador libre y sin pobres. Aprendiz de economía y negocios (ESEN), dirección de empresas (Georgetown University), políticas públicas (University of Chicago), Emprendedurismo, Innovación y Tecnología (Stanford University).

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