Es marzo de 2009, el piloto, durante el vuelo TACA 584 que va de San Salvador a Washington anuncia por el alto parlante la victoria de Mauricio Funes en las elecciones presidenciales. Yo volvía a Washington –la ciudad donde vivía en ese momento- después de votar por el otro candidato, y la persona que estaba sentada al lado mío, un prominente abogado con una trayectoria impecable en la defensa de Derechos Humanos (de esos que defendían estos derechos, cuando el riesgo de tortura y muerte era real) celebraba la victoria efusivamente. Esto abría la puerta –me dijo- hacia un camino de esperanza para El Salvador. El periodista Mauricio Funes, bajo la promesa de combatir la corrupción, tras 20 años de gobiernos de derechas, se había convertido en el primer presidente de izquierdas de El Salvador desde la firma de la paz.
Han pasado poco más de siete años y solo dos desde que el expresidente Funes entregó la banda presidencial al candidato de su partido, el Profesor Salvador Sánchez Cerén. Mi vecino de asiento en aquel vuelo, es desde hace unos años magistrado de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, y ha sido –como miembro de esta sala- acusado de ser agente de la oligarquía. ¿Cómo ha evolucionado el sistema político salvadoreño desde ese día de trova y esperanza? ¿Cómo se paran los representantes de las ideas de izquierdas frente a estas ideas y sus constituyentes?
Mauricio Funes llegó a la presidencia manejando autos que compraba usados, vivía de su salario y habitaba una modesta casa de clase media, recibía llamados de sus acreedores para acercarse a solventar sus deudas a través de los periódicos, y se las arreglaba para mantener a los hijos que había ido regando por la vida con sus diferentes parejas. No tener éxito económico o familiar no es el fin del mundo, sucede y no imposibilita a una persona a ser presidente. Todo esto estaba bien, porque Funes parecía ser un hombre honrado, aparentaba tener convicciones y le ofrecía al país un relato, la oportunidad de entender que podíamos disentir en el mundo de las ideas, y a la vez darle estabilidad política al país, una que rompiese la correlación entre los ciclos económico y electoral. Esto, era fundamental para apalancar el crecimiento, reducir la pobreza y avanzar hacia el desarrollo. Algunos no nos la creíamos, pero queríamos estar equivocados.

Nada de esto pasó; a la luz de los resultados, nada tienen de qué sentirse orgullosos los miembros de estos dos gobiernos. Sus votantes no lo están, 74.6% de los salvadoreños piensan que el país lleva un rumbo incorrecto (vs. 32.9% en el año 2004). El fracaso ha sido rotundo. En las últimas semanas, el FMI nos corrigió la plana de las cuentas, para desayunarnos que el PIB es de hecho, 14.4% más bajo y por ende, la carga de la deuda al menos diez puntos porcentuales mayor (hasta 72% como porcentaje del PIB). El gobierno no tiene un plan, ni la capacidad de articularlo, y se limita a darle a la crisis un manejo meramente político.
Que los últimos dos gobiernos no tenían las ideas, el talento, la capacidad técnica, ni la posibilidad –al menos- de aglutinarla, no fue del todo sorpresa, muchos lo anticipamos. Lo que resulta sorprendente –y particularmente doloroso- para quienes creyeron genuinamente en estas ideas y las personas que las postulan, es el nivel de cinismo y decadencia que el poder desnuda. La grosera vida de derroche y lujos del ex presidente Funes, develada por la prensa en su cobertura a los allanamientos de la fiscalía, debe –cuando menos- hacernos reflexionar.
Este no es el drama de las ideas de izquierda, sino el de la naturaleza humana. Es esta naturaleza y sus dolorosas implicancias prácticas para los más pobres, la que por honestidad intelectual obliga a preguntarse: ¿No llegó la hora de limitar el poder? ¿No será lo justo renunciar a la utopía de los ríos de leche y miel y conformarnos con el pedestre gobierno pequeño y limitado, el aburrido Estado de Derecho, la insulsa división de poderes? ¿No será que hay que limitar el dinero de los salvadoreños que llega a un Estado soberbio y derrochador? O la más básica: ¿Cómo terminamos con este hombre tan pequeño como presidente? La respuesta no es difícil.

Buscamos en nuestros representantes las virtudes que quisiéramos en un redentor y no las habilidades que necesitamos de un empleado al que pediremos cuentas. Es esta la lógica de los Castro, los Chávez, los Trump, los Ortega, los Evos, los Saca, los Funes de este mundo. Preferimos que chineen chuchos y bebés, que abracen viejitas sin dientes, que compitan haciendo elotes locos y se suban al Tagadá, y no que nos demuestren –con su trayectoria- su capacidad de simplificar problemas complejos, de convencer a actores con incentivos encontrados, de ejecutar los planes que el país necesita.

Mauricio Funes fue sin duda, el presidente que más dividió a El Salvador; postuló escondido tras una bandera de virtudes que no tenía. Inoculó el odio de clases –que por fortuna- nunca encontró espacio; entró personalmente endeudado y se aseguró – por la vía de la política y no del ingenio o del trabajo honrado- una vida de lujos y extravagancias para él y sus amigos; burló a la justicia, y acusó al país que dirige su partido y a nuestras instituciones de convertirlo en un perseguido político; entregó lo poco que quedaba de su dignidad a cambio de una cárcel más sutil. Mauricio Funes, el ex presidente salvadoreño, es ahora un adulador de dictadores, un pequeño trofeo del sátrapa de Nicaragua. Pero no es más que eso. Es ahora inofensivo y debe ser parte de nuestro pasado. Se fue, ni su partido lo quiere cerca, está civilmente muerto; tiene el prestigio de un asilado político de la Nicaragua sandinista: se llevó parte de los bienes que pudo sacar, tres de sus hijos, a su actual compañera de vida. Huyó –sin haber sido vencido en juicio– como lo hacen los ladrones, en lo oscuro, de noche, sin avisar. Se llevó su desequilibrio y como en El Salvador, en Nicaragua probablemente también viva de lo que le regalen sus nuevos amigos.
El país tiene problemas grandes que resolver y el drama de todos (pobres, menos pobres, ricos) no puede esperar más. Los actores políticos tienen la chance de hacer una profunda reflexión y entender la responsabilidad de construir un plan y darle estabilidad al país en este momento de crisis. La decencia no es patrimonio de ninguna ideología política, es hora de volver a la mesa del diálogo, está servida: el cinismo, el rencor y el desequilibrio no tienen más espacio en El Salvador. Es probable que se queden mucho tiempo en Nicaragua: es hora de pasar la página y devolverle a El Salvador el lugar que se merece.

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