Publicado en El Diario de Hoy el 19 de Mayo de 2013

Los últimos nueve años, hemos escuchado de las élites políticas que el país iba con rumbo equivocado. Lo bien que iba lo macro –nos decían- no reflejaba el estado de las cosas para el salvadoreño promedio. Los buenos indicadores económicos y la sanidad fiscal escondían un modelo de desarrollo viciado, que no proveía perspectivas reales para los salvadoreños más que la emigración, que a su vez, era explotada por las élites económicas a través del consumo. El argumento, condimentado con adjetivos y clasificaciones para los ciudadanos salvadoreños (avaros, malos, miopes, mezquinos, etc.), en la práctica, ha justificado desde el endeudamiento más grande de la historia para pagar gasto corriente, hasta la extorsión como medio de subsistencia.
En sentido práctico, esta manera de interpretar la realidad se convirtió en políticas públicas a través de programas sociales adicionales a los que había en 2004, con el respectivo aumento en las cuentas por pagar. A través de la publicidad de los gobiernos de turno, nos enteramos de las transferencias en efectivo, uniformes, zapatos, semillas y otras ayudas que reciben los salvadoreños más desfavorecidos. Antes de entrar a hacer juicios sobre la eficiencia en la ejecución y la efectividad de estos programas en la lucha contra la pobreza, ¿quién con una pizca de conciencia social podía estar en contra?
Luego de muchos millones a la cuenta social, ¿por qué hay más pobres que antes que llegaran los últimos dos gobiernos? ¿Es que las políticas sociales generan pobreza?
Claramente no. La explicación podría estar en el sustento filosófico y moral que estos gobiernos dieron a los programas sociales al llevar implícitas dos ideas principalmente.
La primera postula que los ricos se han servido con la cuchara más grande y deben pagar la cuenta. El problema de este argumento es que presupone que toda riqueza es producto de trinquetes. Las consecuencias de este argumento han sido más graves que las diversas reformas fiscales que se ejecutaron en la era Saca-Funes: la incertidumbre y las afrentas del gobierno no generan buen ambiente para hacer negocios. La inversión cayó dramáticamente, afectando el crecimiento económico, reduciendo el empleo y aumentando la pobreza, ¿quién hace negocios con alguien en quien no confía?
La segunda idea lleva implícito el argumento que los pobres no pueden salir de su condición por sí mismos, que no saben lo que es bueno para ellos y que no se inmutan al recibir dádivas: los programas sociales emblemáticos como Comunidades Sociales Rurales y Urbanas, son ayudas condicionadas (bono salud, bono educación, pensión básica universal para la persona adulta). Es decir, si haces cosas indiscutiblemente buenas para ti como inscribir en la escuela a tu hijo, llevarlo a controles de vacunación, o tomar determinada capacitación, te doy una ayuda económica en algún evento público. ¿Por qué son condicionadas las ayudas? Desde una perspectiva técnica, no hay consenso sobre la necesidad de la condicionalidad para la efectividad de estos programas. El hecho que el gobierno haya decidido hacerlo así, habla tajantemente de su visión sobre los pobres y los medios que tienen para salir de su condición.
Ad portas de una elección presidencial, los candidatos se han dado a una maratón de promesas que van desde más programas sociales hasta contratar a un entrenador extranjero que nos lleve al mundial de fútbol: ¿Así esperamos salir del subdesarrollo?
Lo macro es el acumulado de lo micro, y es fácil conectar los deteriorados indicadores económicos con los bolsillos. Desde la razón y el corazón, lo que necesitamos los salvadoreños es que nos dejen explotar nuestro potencial y salir adelante por nosotros mismos, dignamente. El proyecto que nuestro país necesita es uno que en armonía, atraiga inversión, conocimiento y empleo: a partir de allí, déjennoslo a los ciudadanos. Sólo falta ver un amanecer salvadoreño para confirmar nuestra vocación al trabajo. Nuestras acciones confirman que desde nuestra perspectiva, lo social –concebido como dádivas gubernamentales- no es la base de todo.

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