Recién nos despedimos con un abrazo fuerte, de hombres. Como si uno supiera que te mandaba a la universidad y a la vida, y el otro que iba a por ellas en libertad. Ha sido fácil ser tu papá. Cuentas siempre conmigo. Te dejo algunas notas, por si se me escapó algo estos últimos dieciocho años.
Cree en Dios y vive según sus mandamientos. Quisiera hablarte con la fe y la convicción infinitas con que me educaron tu Abe, el Hermano León y otros, pero no me alcanza. Puedo, en cambio, hablarte de probabilidades y de conveniencia. Nuestra familia ha vivido cosas que, vistas en conjunto, me cuesta atribuir al azar: fue Dios. Si eso no te es suficiente, te doy un argumento más práctico: la idea de Dios es conveniente para tu vida. Se vive mejor y se es más feliz sabiendo que hay un Padre amoroso cuidándonos. Te educamos dentro de una religión que ha pasado la prueba del tiempo: aprovéchala.
Vuélvete verdaderamente libre. Decide por ti mismo. Aprende a caminar solo, a tomar riesgos calculados, a enfrentar tus miedos y a asumir con dignidad las consecuencias de tus decisiones. Es esta la única forma de ser realmente libre. Nunca reclames a la vida, a las circunstancias o a otros por cómo estás. La verdadera libertad te hace dueño de tu destino.
Cultiva tu cabeza y tu buen juicio. Protege tu tiempo y tu atención. Limita el teléfono y las redes sociales (que muchas veces no son más que poner tu atención en otros) y dirige parte de esa energía hacia el mundo que hay en tu cabeza. Lee sobre historia, arte, ideas, personajes y hechos que hayan dejado huella. Entiende el presente y trata de conectarlo con lo que vas aprendiendo en el camino. Es así como se construye el criterio, pensamiento crítico y buen juicio que te conducirán a una buena vida.
Hazte fuerte. Hasta hace muy poco, la fuerza de un hombre determinaba en buena medida su capacidad de sobrevivir, proteger y proveer a quienes amaba. Hay algo primitivo y poderoso en sentirse físicamente capaz. Cultiva esa sensación en el gimnasio. Levanta pesas, duerme bien, come bien. Hazlo con disciplina. A veces el cuerpo necesita recordarle a la cabeza: “no te rindas, tú puedes”.
Encuentra lo tuyo y vuélvete extraordinariamente bueno. El mundo está lleno de distracciones en las que podemos perdernos incluso de nosotros mismos. Comprométete con algo. Encuentra aquello para lo que tienes talento y curiosidad, y apuéstale tiempo y atención. Parece que hay algo especial entre la música y vos: explóralo con alegría y convicción. Conoce gente con las mismas inquietudes. Dedica muchas horas a descubrir de qué y para qué estás hecho. Y atrévete a compartirlo con los demás como quien da y recibe un regalo.

Exígete estándares altos. Haz las cosas bien. Vuélvete alérgico a la mediocridad. No distingas demasiado entre las cosas pequeñas y las grandes: haz ambas de manera que el resultado te haga sentir orgulloso y digno de tu Creador. Ponle mucho cariño a cada cosa que haces; lleva tu nombre y habla de ti. No te detengas demasiado a ponderar el éxito y el fracaso: ambos son impostores, compañeros temporales de ruta. Aprende de ellos, déjalos atrás y sigue tu camino. Cuando pierdas (y vas a perder), acepta el golpe, mira a la gente a los ojos, camina con la frente en alto y vuelve a empezar al día siguiente. No dejes que nada te distraiga del camino que te has trazado.
Sirve a los demás y cumple tu palabra. Pregúntate con frecuencia cómo puedes ser útil a los demás, y, cuando se presente la ocasión -se va a presentar-, vuélvete útil. Ayuda idealmente sin que sepan que estás ayudando. Haz lo que dijiste que ibas a hacer. Siempre. Cuando cumplir deje de ser conveniente, asume el costo de sostener tu palabra. Los hombres que ponen a otros antes que a sí mismos escasean; los que además cumplen su palabra, escasean aún más. Haz la diferencia.
Escapa de los Cisnes Negros. Evita errores con consecuencias grandes y permanentes. Aléjate de las adicciones. Sé prudente con el alcohol; evita a toda costa las drogas, la pornografía y los juegos de azar. Aléjate también del sexo irresponsable: puede traer enfermedades, embarazos no deseados y dolores que duran mucho más que una noche. Desconfía de la comodidad y la autocomplacencia: sin darte cuenta pueden reducirte la vida. Persigue en cambio, cosas que valgan la pena. Intenta aquello que te dé miedo y donde incluso fracasar pueda volverte más grande y capaz.
Elige cuidadosamente a tus amigos. Rodéate siempre de gente buena, que está en lo que está: estudiando, aprendiendo algo, trabajando duro, disfrutando de las cosas sencillas, sirviendo a los demás. Una regla simple es rodearte de personas que compartan tus valores, te hagan mejor y se alegren sinceramente cuando te va bien. Aléjate de quienes fabrican problemas permanentemente, viven del drama, de la victimización o de la vida de los demás. La gente que te rodea termina entrando, poco a poco, dentro de ti: asegúrate de que sumen.
Protege tu material de esposo y padre. No necesitas salir desesperadamente a buscar una buena mujer. Empieza por convertirte en un buen hombre. Actúa desde hoy como si tu futura esposa y tus hijos pudieran verte: prepárate para amar, proteger, proveer y, si Dios quiere, procrear. Conserva tu dignidad y construye una vida de la que puedas sentirte orgulloso. Procura ser el hombre que una buena mujer querría elegir. Lo demás llegará a su tiempo.
Es posible que no lo sepas. Nunca te lo dije porque la línea entre la culpa y la responsabilidad es a veces muy fina: has tenido una vida de privilegios. No debes sentir culpa por eso. Sí tienes la obligación de ser leal con tu suerte, maximizando los talentos que Dios te dio y poniéndolos al servicio de tu vida y de la de los demás. En términos simples, es tu obligación ser feliz. Porque, al final, de darlo todo y ponerlo al servicio de los demás es que se trata la felicidad.
Con todo.
Papá
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