Es indiscutible el poder de una idea. La idea de que todas las personas tenemos los mismos derechos y que somos iguales ante la ley, sin importar nuestro origen, credo, sexo, raza, orientación sexual, estrato social o equipo de fútbol, no siempre está respaldada en la práctica, por el consenso social y el estado de derecho. Los sueños de igualdad ante la ley de Martin Luther King Jr., aún los comparten los cristianos perseguidos por sus creencias en el medio oriente de predominancia musulmana, o los jóvenes reprimidos y encarcelados en Irán luego de salir a la calle a demandar derechos de sociedades libres tras las elecciones en 2009.
Las nuevas tecnologías en general, y las redes sociales en particular, nos permiten de una manera libre, espontánea, individual y desagregada, difundir, desde nuestro estado de ánimo, hasta llamados que muevan a acciones de rescate luego del terremoto/tsunami en Fukushima. O servir como plataforma de conexión entre desconocidos en la primavera árabe, que botó gobernantes en Túnez, Egipto, Libia y Yemen.
En El Salvador que heredó la polarización de la guerra, redes sociales como Facebook y Twitter, podrían ser una montaña de oxígeno para una sociedad acostumbrada a ver la realidad reducida a dos perspectivas. Sin tener que someterse a las dictaduras de las líneas editoriales o políticas de los dueños de medios de cada corriente, todo el que tiene acceso a un teléfono o un computador, puede –literalmente- difundir su idea a cientos de miles de personas. Bajo esta idea nació este blog, por mencionar un ejemplo.
Con esta libertad, no todo es color de rosa: la cultura del insulto al que es diferente, o que piensa diferente, también puede difundirse como fuego en cañaveral. La lógica de que todo el que piensa distinto lo hace porque obedece a intereses mezquinos, o monetarios, y que no puede haber ideas moralmente mejores a las mías, puede arraigarse en dónde sería más doloroso: en el idealismo de nuestros jóvenes y su vocación a escuchar y discutir ideas, con respeto, y curiosidad intelectual.
El país tiene líderes políticos y de opinión razonables, con intenciones nobles. Estos también usan las redes sociales. Uno puede disentir con sus ideas, propuestas, o su ideal de sociedad, pero a la vez conceder que éstas obedecen a un sincero deseo de construir un El Salvador mejor. Ojalá estos líderes entiendan que no hay idea tan robusta como para justificar el cáncer del odio y el insulto a la persona: esto contribuye a que seamos una sociedad violenta. Tal vez si ellos lo entienden, sus miles de seguidores también lo hagan, y con un poco de suerte, quizás la tolerancia y el respeto en las redes sociales, contamine el ambiente fuera de estas. Todos ganamos: #todoscabemos

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