
Desde niño, padezco de un enorme vicio, que como las cosas del corazón, no termino de entender. Tampoco conozco su origen, pero sé que no fue heredado: soy del Alianza. Quizá por el color del uniforme y por lo que veía en la época de la Quinta del Buitre es que también soy del Real Madrid.
Por eso es que, luego de tres eternos años, puedo desempolvar la camisa con el 7 y la leyenda “Raúl” en la espalda que ha estado dormida en mi closet. Se va Mourinho y nos deja enormes lecciones y una casa por reconstruir. Su paso, se llevó de encuentro decenas de años de historia en el que el respeto por el contrario, por la institución, por la afición se asociaban con el madridismo. Uno antes podía ser madridista y sentirse un hombre derecho a la vez: humildad en la victoria y dignidad en la derrota (esto en el deporte, no siempre sale natural, recuerdo que tuve un entrenador que me lo hizo entender a fuerza de dejarme en la banca: gracias Rafael).
Mourinho llegó de la mano de Florentino Pérez, en un frenesí que perseguía resultados deportivos a toda costa y venta de camisetas. No había títulos que pagaran hipotecar el madridismo, y sin embargo lo hicieron durante tres años: y los títulos fueron pocos y pírricos. La casa que albergó a Di Stefano, Bigotón, Michel, Valdano, Mijatovic, Hierro, Raúl y Casillas, por mencionar algunos, se volvió un reino de marrullería.
No vale la pena hablar de cosas tristes (como la partida de Raúl o los momentos duros de Casillas en la banca). Es hora de reagruparse y mirar con optimismo el futuro. Ojalá vuelvan las épocas en que ganar era importante, pero cómo se ganaba también. En donde se le extendía la mano al contrario luego de una entrada fuerte, y en la que se despedía a los históricos como lo que habían sido: personas que entregaron su vida a la causa madridista. Con los nombres que se mencionan para llegar, me parece que estos tiempos pueden estar de regreso: ¡Hala Madrid!

Leave a Reply