La primera lealtad

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January 4, 2019 by Carlos Jovel

Carlos Jovel, Twitter: @CJ15X

Cuando Sebastián Piñera corrió por segunda vez por la presidencia de Chile, la elección no se veía fácil. La división en la centroderecha era evidente, no solo porque Manuel José Ossandón (quién perdió la primaria contra Piñera) no endosó su apoyo a este en primera vuelta, sino porque la derecha, que corría con dos candidatos, José Antonio Kast como independiente y el mismo Piñera se enfrentaba a la Nueva Mayoría, la coalición en el gobierno y el Frente Amplio, una creciente izquierda radical. La elección se fue a segunda vuelta, Kast endosó su apoyo de inmediato a Piñera y el Senador Ossandón, luego de conversaciones a la luz de los medios y acuerdos específicos en política pública, tomó un rol preponderante en la campaña: Piñera ganó por amplia ventaja y la derecha regresó al poder.    

Recientemente, escribí un artículo con la intención que calase en los candidatos de los dos partidos mayoritarios, en el postulaba como no solo competían contra Bukele -un candidato objetivamente débil y con pocas credenciales de algún tipo- y contra GANA -el partido, objetivamente más corrupto del sistema político- sino contra los propios anhelos de las personas, que, cansados de los resultados de la democracia y el sistema de partidos, coqueteaban con un populista, llenando los silencios de éste, con sus propias ilusiones. La razón por la que escribí a los candidatos es porque ellos tienen un séquito de personas que, por patriotismo, un salario, o ambos, tienen todos los incentivos para pintarles un escenario bastante mejor que el real: su equipo de campaña. Así convencen al candidato que la dirección que llevan es correcta, a donantes que con un poco más de fondos los resultados de la elección serán favorables, y a activistas, la base partidaria, que su estabilidad dentro del aparato Estado-Partido no está en juego. Es decir, son estos asesores los que están all in en la campaña y su rumbo actual.

En este camino, hemos visto como algunos analistas han torturado los números de encuestas y elecciones pasadas de forma tal que estos confiesan lo que se les pide. Lanzan hipótesis sobre algo tan frágil como el voto duro y dan tranquilidad asegurando que todas las encuestas y todas las tendencias sospechosamente no reflejan la realidad y que su candidato está -en mediciones internas- significativamente mejor a lo que muestran las que todos vemos. Aunque así fuese, es el camino de la auto-complacencia.

Si nada cambia -y de corazón quiero equivocarme- es posible que los candidatos de los partidos mayoritarios se lleven la terrible sorpresa que entregaron el país al populismo, a una persona sin aparato partidario, y cuando esto sucede, es habitual que una mezcla de oportunistas y bandidos se enquisten en el Estado. Sería terrible para el país, por eso estos 30 días son clave.

El tiempo pone las cosas en su sitio y son muy pocos los que quieren apadrinar una derrota. Es por ello que, a treinta días de la elección, en lugar de percibir triunfalismos en las campañas de ARENA y el FMLN, comienzan a aparecer chivos expiatorios. En el caso de ARENA, poco se dice sobre el equipo de campaña que -a todas luces- ha cometido errores sospechosamente graves, en cambio, se acusa una supuesta división -una cuchillada que viene de atrás- generada por los partidarios del candidato que perdió la interna, Javier Simán, con el fin de ganar posiciones locales. Y cómo éste último, debe confirmar públicamente su apoyo al candidato Carlos Calleja para disipar dudas.

Bajo el argumento de la división, correctamente se señala como Nicaragua y Venezuela cayeron a manos de tiranos, por haber permitido que los personalismos fragmentaran. Sin embargo, este razonamiento viene justamente de quienes acompañan al candidato Calleja y de quienes tienen la llave para evitar esta fragmentación, posiblemente cuando la implacable realidad señala que solo se puede ganar con otros liderazgos a bordo. ¿Por qué la carga de la prueba recae sobre quienes están fuera de la contienda?

Cuando uno va dentro de un barco con rumbo más bien incierto, exigir un salvavidas apelando a la lealtad y al patriotismo no parece lo más inteligente. En política -y en la vida- las formas importan (noblesse oblige). Que no lo hagan los asesores, es entendible, al fin y al cabo, sus decisiones explican el estado de las cosas. Pero el candidato no tiene alternativa: es él quién da la cara y tiene la responsabilidad del país a sus espaldas.

En democracias liberales y en política, los acuerdos se alcanzan distribuyendo la capacidad de incidir, el poder, pues: es como funciona el sistema y como se garantizan los acuerdos. Si ARENA con un excelente candidato, noble de corazón, educado, libre de pasado político, con la delicadeza necesaria para atraer el mejor talento, con una capacidad de trabajo que recuerda a un tractor y que ha hecho todo lo que sus asesores le indicaron, no tiene asegurada la elección, ¿Qué es lo que queda?

El candidato Calleja puede y debe ejercer su liderazgo para sanar las heridas que dejaron las primarias en terreno, garantizar la transformación de ARENA, enviar un mensaje tajante de que la lealtad al país y a las ideas y no a liderazgos circunstanciales es lo único que importa. Su primera lealtad es con El Salvador, no con quienes lo llevaron hasta aquí. Es el mejor candidato en la contienda y el único que puede cambiar el rumbo de El Salvador, pero evidentemente necesita ayuda. Es hora de que su liderazgo humilde y entusiasta, se torne decisivo. Tal vez si Calleja -como Piñera- hace una invitación pública a Javier Simán a hacer política: a genuinamente -y de cara a la población- entender qué se necesita para subirlo a bordo, a involucrarse él y su equipo en la campaña como si fuera la de él mismo, el panorama sería más certero. Al fin y al cabo, ambos son patriotas, y es esto lo que hace un patriota. Es posible que los asesores de ambos no estén de acuerdo con un movimiento como este, pero esto sería una buena señal. La lealtad al país requiere humildad y también audacia: y a los asesores de esta campaña les ha faltado ambas. No hay tiempo que perder.

Economista ESEN; Masters in Business Administration, Georgetown University; Diploma in Public Policy, University of Chicago ; Stanford University, Sloan Fellow

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Carlos Jovel

Carlos Jovel

Salvadoreño por nacimiento. Esposo, padre de tres. Disfruto el café, la cerveza, la comida y contarle las maravillosas historias de Cachanflín, Cuchuflina y Horchatilla a mis hijos. Rebelde empedernido con rasgos de nerd. Adicto a la libertad y responsable de sus consecuencias. Alguna vez hice deporte; le voy al Alianza y a través de un hijo adopté a Colo Colo; todavía guardo amarguras -y esperanza- con mi selección de fútbol. Inmigrante que sueña con un El Salvador libre y sin pobres. Aprendiz de economía y negocios (ESEN), dirección de empresas (Georgetown University), políticas públicas (University of Chicago), Emprendedurismo, Innovación y Tecnología (Stanford University).

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